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Los gordos que también amenazan a este Gobierno  

Por Javier Correa

Otro gobierno que subestima la vocación argentina por la estabilidad. El corto plazo triunfa pero rápidamente muestra signos de agotamiento. Creer que no pasa nada cuando está pasando de todo es un vicio del que los oficialismos no suelen escapar. 

Sirenas. Ese fue el primer sonido que emitió oficialmente Luis Caputo en este Gobierno. Fue en aquel lejano 12 de diciembre pasado cuando, entre otras cosas, anunció una devaluación que duplicaba el valor del dólar oficial. Antes de sus primeras palabras con las que agradeció a “nuestros” votantes, se coló la onomatopeya del alarmismo. En política, todo comunica.

Más severo que el primero parece ser el último error, no solo económico, sino comunicacional. Los anuncios del viernes 28 de junio tenían formato de remera: esta conferencia podría haber sido un mail. Negar una devaluación es debilidad. Negar salida del cepo, también. Eso es lo que se comunicó. Para avisar que se terminaba la emisión bastaba una circular. ¿Resultado? El equipo económico terminó el día con menor caudal de credibilidad. Alguien no pensó bien.

Todo esto al poco tiempo de aprobar la Ley de Bases. El Gobierno más débil de la democracia fue el que más tardó en sancionar una ley en el Congreso. Tomó seis meses lograr una curva de aprendizaje que parecía obvia. Al final, en política, 2 + 2 casi siempre da 4. Jugar al toma y daca por un lado, bajar los niveles de agresión improductivos por el otro y generar confianza interpersonal. Nada que no se sepa hace 500 años. Cuánto sufrimiento para los politólogos.

Terminada la primera novela legislativa vimos la fiesta en los mercados. Luego de la conferencia de Caputo, vimos la depresión. Así vamos, a los tumbos. Los Gobiernos deberían dejar de usar al mercado cuando las cosas van bien. Básico: cuando suben bonos, la enorme mayoría de la sociedad no sabe ni qué son, ni para qué sirven. Pero cuando sube el dólar, todos sabemos que impacta rápido y mal. Es decir, venden algo abstracto cuando el mercado sonríe y pagan costo real cuando deja de hacerlo.

Así vivimos. Bajo la insoportable sensación de que algo siempre está por pasar. El conflicto entre Ignacio Torres y Milei al que se subieron todos los gobernadores. La provocativa presentación del mega DNU y la Ley Bases Original. Su primer fracaso legislativo. Los conflictos con España, China, Brasil y Colombia. La marcha universitaria y el protocolo antipiquetes. El caso Pettovello y la despedida de Nicolás Posse envuelto en denuncias por espiar. Todo en siete meses. Vivimos entre el “se viene” y el “no pasa nada”.

En las redes surgen arquetipos que reflejan esto. Gordos sentados en un sillón, quizás comiendo pochoclos o helado. Uno cree que se viene el estallido, el otro que no pasa nada. Son justamente el Gordo Se Viene y el Gordo No Pasa Nada. Esta ocurrencia, que tiene casi 20 mil menciones en el ecosistema digital de junio, refleja el estado de naturalización de angustia mezclada con exceso de politización. Los gordos son extremos que conviven y se necesitan. No hay un “no pasa nada” sin un “se viene”. Son los anfitriones de la incomodidad en la que nos movemos.

Con su modelo de confrontación agresiva, el Gobierno alimenta mejor que nadie a los Gordos. Pero seamos justos. Con la huella colectiva que dejó la ruptura institucional de diciembre de 2001, siempre estuvieron. Es pertinente recordar las corridas cambiarias del macrismo o la debilidad de Alberto que se sostenía más por los de afuera que por los de adentro. Hoy le toca a Milei que, al calor de las encuestas, alimenta la conflictividad y con ella el cáncer que debilita a todos los gobiernos: la inestabilidad en la vida de las personas.

La ecuación que mantiene a los Gordos con tanto vigor no es tan compleja. El Gobierno conduce a impacto y confrontación. Esto genera más inestabilidad política, y así, más inestabilidad económica. También se tiende al aislamiento: “son todos malos menos yo” dice el oficialismo. Esto desincentiva la cooperación y junta a más agentes del poder en otro lado. Prudencia y templanza son dos de las cuatro virtudes cardinales. Está claro que el Presidente tiene otras, pero no esas. Así, los gordos seguirán siendo parte del staff permanente de la política argentina.

Hay un círculo vicioso del que no salimos: conflicto/polarización – inestabilidad – cambio. Pero cuidado, Milei es protagonista de una época de ciclos cortos. Su carrera política es un ejemplo paradigmático. La atención es menor. Las noticias, las parejas y el poder tienen el mismo problema: duran menos. Son los tiempos que tocan. Pero el instinto de preservación está fallando. En un auto sin freno y en pendiente lo razonable es tratar de frenar. Acá se acelera, y con alegría.

Sin moderación, no hay calma. Pero hay más: el gran drama argentino tiene nombre, pero nos entretenemos mencionando sus diversos síntomas, como una negación. Para Milei es la inflación, para el peronismo los salarios, para muchos la pobreza o la inseguridad. Cambiamos el orden de los factores pero no el producto. El drama argentino es la incertidumbre. Tener un plan en este país es un bien fastuoso. El 90 % de la pirámide socioeconómica argentina no tiene mediano plazo garantizado en su vida económica. No es estable el colegio al que van los chicos, ni la cobertura médica, ni la capacidad de pagar el alquiler, ni las vacaciones, ni el trabajo.  

No es solo la inflación. No es solo el salario. La inestabilidad NO es un significante vacío. Todo lo contrario. Quizás está tan lleno que editamos una parte para poderlo comunicar. Nos comemos la curva de hablar simple para las redes y erramos el diagnóstico. El mandato no es terminar con la inflación, sino recuperar alguna vez la estabilidad. Se confunde el camino con el objetivo.

El de Milei es al cuarto mandato de cambio consecutivo. Ni Macri, ni Cristina, ni Alberto pudieron reelegir estando vigentes políticamente. Ni siquiera lo intentaron. Es que nadie se saca a los Gordos de encima, mucho menos si le siguen llevando helado.

¿”Se viene” o “no pasa nada”? Casi nunca las opciones son binarias. La Argentina va por 12 años de estancamiento. En la última década creció muy por debajo del promedio de la región. La política y los actores de poder se acomodaron en la poltrona. Desde el apunamiento que generan las alfombras de la Rosada nadie vió los cambios venir. Y pasó el tiempo. Y no pasó nada. Hasta que ganó un Presidente que se declara a sí mismo como un topo que destruirá al Estado. Entonces sí, algo pasó.

Una cancha inclinada que la oposición no entiende

No pasó tanto con Macri. Sí con Cristina. Hoy Milei es el centro de gravedad absoluto de la política nacional. Los argentinos nos definimos políticamente según la distancia o cercanía que tenemos con el Presidente. Los datos lo reflejan: la entrevista de Cristina en Gelatina tuvo buenas métricas. En vivo lo vieron hasta 119 mil espectadores. Para tomar dimensión, la entrevista del año pasado de Messi en Olga fue vista en vivo por hasta 300 mil personas.

Ahora, cuando vemos los números de Cristina en comparación con Milei, la cosa cambia. En el ecosistema digital la conversación sobre la figura de la ex Presidenta alcanzó las 144 mil menciones en 48 horas. No es poco. Pero es solo el 44 % de las menciones alcanzadas por Javier Milei en ese periodo. La dificultad de la oposición es doble: no puede correr del centro de la escena al Presidente y tampoco logra instalar temas. La mancha del último mandato no le brinda legitimidad para eso.

Las redes son un reflejo de la dimensión política y territorial. Los informes que comparan la cantidad de views en los principales canales de Youtube son elocuentes. La diferencia entre las visualizaciones que obtiene Milei respecto de todos los dirigentes de la oposición sumados es apabullante. También los es si comparamos las impresiones en sus propias redes, tal cual revela el último informe de Ad hoc.

El mundo digital responde así a las enormes ventajas del Gobierno que hacen espejo con las desventajas del peronismo. El oficialismo, incluso desde antes de ganar las elecciones, cuenta con un líder indiscutido, un discurso nítido y agenda propia. Al peronismo le queda una ardua tarea que difícilmente se resuelva antes de las elecciones de medio término. Desde el mayo del 2019, cuando Cristina eligió a Alberto, el peronismo perdió una jefa, pero no ganó un jefe. El status sigue parecido. Ella está, pero no conduce.

Hay una tentación que al peronismo no le va a funcionar: empezar por las redes. La cosa se debe resolver afuera. Por supuesto que se hace mientras se habita lo digital. Pero algunos creen que la fórmula de Milei aplica para todos (como si no se hubiese anclado en estructuras territoriales prestadas). Enorme confusión de quienes creen que un movimiento nuevo anclado en el enojo es los mismo que un partido territorial percibido como responsable necesario de la debacle argentina.

Milei habla mientras el país lo escucha, para bien o para mal. El peronismo no tiene ni el orden ni el contenido para hacerse escuchar. Sus tribus se alimentan con entrevistas por stream que amagan renovación pero siguen dialogando solo dentro de una misma comunidad. Mientras tanto ni el caso Pettovello, el reclamo universitario (no la marcha), los detenidos en las protestas por la Ley de Bases, la ludopatía infantil y su penetración en los barrios, la adicción digital que trasciende escalas sociales o el cierre de fábricas lograron unificar posturas. Todavía el formato es pensar en clave política y no en temas que podrían ser de interés social. Así, el Presidente seguirá hablando solo.

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